El dimorfismo sexual de la obesidad: Parte 1

Este artículo es el primero de una serie que se enfocará en resaltar algunas de las diferencias metabólicas que existen entre sexos con el objetivo de entender mejor los procesos involucrados en la regulación metabólica entre hombres y mujeres.

La mayoría de información que existe sobre el metabolismo, y de cómo ciertos factores en la dieta o estilo de vida pueden causar enfermedades metabólicas, proviene de investigaciones científicas realizadas en sujetos (o modelos animales) de un solo sexo. Sin embargo, varias líneas de evidencia durante los años han permitido notar que existen diferencias en las respuestas a cambios en la dieta, ejercicio y tratamientos farmacológicos entre hombres y mujeres. Esto significa que no podemos generalizar y asumir que lo que funciona para un sexo es necesariamente aplicable al sexo opuesto.

Si bien el término “metabolismo” hace referencia a la serie de reacciones químicas que ocurren en el cuerpo para producir energía, y estos mismos procesos fundamentales ocurren en ambos sexos, la manera en la que son regulados varía. Y es en estas diferencias donde se han estado centrando las investigaciones científicas más recientes, con miras a tratar de encontrar un posible tratamiento diferencial de la obesidad y enfermedades asociadas según el sexo.

Una diferencia característica entre sexos ocurre al comparar hombres y mujeres de un mismo índice de masa corporal (IMC): las mujeres por lo general tienen una estatura más baja y menor peso corporal, pero a la vez menos masa magra (incluyendo músculo) y mayor masa grasa (ver gráfica) (1, 2). Es decir, las mujeres pesan menos pero tienen una mayor proporción de ese peso como grasa. Sorprendentemente, a pesar de esto, se ha observado que epidemiológicamente, las mujeres tienen menos riesgo cardiometabólico al ser comparadas con hombres de la misma edad e IMC (3, 4). ¿Cómo se podría explicar esto?

Diferencias en la distribución de la grasa corporal

Tanto en hombres como en mujeres, la grasa corporal se almacena en el tejido adiposo. Dependiendo de su localización en el cuerpo, este tejido puede ser diferenciado en dos tipos: tejido adiposo subcutáneo (TAS; debajo de la piel) y tejido adiposo visceral (TAV; que rodea las vísceras) (5).

La distribución de la grasa corporal difiere entre ambos sexos (6, 7):

  • Las mujeres tienden a almacenar la grasa corporal preferentemente en depósitos subcutáneos en la zona abdominal y glúteo-femoral (caderas, glúteos y muslos), y en menor medida en depósitos viscerales.
  • Los hombres tienden a acumular mayor cantidad de grasa en depósitos viscerales y en general, en la parte superior del cuerpo.

Diferencias en los depósitos de masa grasa y muscular entre sexos. TAV: Tejido adiposo visceral. TAS: Tejido adiposo subcutáneo. Adaptado de: Varlamov et al. (2015).

Esta distribución es la que otorga la forma ginoide en mujeres (forma de pera) y la forma androide (forma de manzana) en hombres, tal como la conocemos. ¿Pero tiene este hecho alguna importancia más allá de la forma corporal?

El tipo de grasa importa

La distribución de la grasa corporal es usada en epidemiología como un predictor de la salud metabólica. Una elevada cantidad de grasa visceral es un factor de riesgo asociado a una alteración en el metabolismo de lípidos y carbohidratos (6). Por el contrario, la grasa almacenada como TAS, sobre todo en la zona glúteo-femoral (distribución observada principalmente en mujeres), se asocia a un efecto protector contra la diabetes, riesgo cardiovascular y mortalidad en general. (8)

Si bien los datos epidemiológicos solo establecen asociaciones, la evidencia fisiológica y molecular muestra que hay una diferencia fenotípica y funcional entre los adipocitos (células del tejido adiposo) viscerales en comparación con los adipocitos subcutáneos.

La principal función del tejido adiposo es almacenar lípidos de la dieta, sirviendo de reserva de energía. El TAS actúa como un “colchón” del flujo de lípidos de la dieta, protegiendo a los otros tejidos de un flujo excesivo de ácidos grasos libres (AGL) circulantes, cuya acumulación en sangre es tóxica. El efecto protector del TAS (sobre todo en la zona glúteo-femoral) se atribuye, en parte, a que los adipocitos que lo conforman tienen una mayor capacidad para almacenar los AGL y, por lo tanto, prevenir su acumulación en la sangre y deposición en otros tejidos. (7, 8) Por el contrario, la grasa visceral libera una cantidad elevada de AGL que son transportados directamente al hígado, promoviendo su acumulación hepática, y el desarrollo de esteatosis hepática y problemas asociados al Síndrome Metabólico (7).

Otra diferencia importante entre el TAS y el TAV es el patrón de secreción de adipoquinas. Las adipoquinas son proteínas señalizadoras (citoquinas) secretadas específicamente por el tejido adiposo, entre las cuales se encuentran la leptina, la adiponectina, la resistina, entre otras (9). En términos generales el TAS está asociado a un perfil más benéfico que el TAV, lo cual podría contribuir a las diferencias metabólicas entre estos tipos de depósitos.

Conclusión

– La distribución de la grasa corporal es diferente entre hombres y mujeres, lo que se asocia con la forma corporal característica de cada sexo.

– En mujeres la grasa se almacena predominantemente en el tejido adiposo subcutáneo mientras que en hombres en el tejido adiposo visceral.

– Almacenar preferentemente la grasa en el tejido adiposo subcutáneo (sobre todo en la zona glúteo-femoral) se asocia a un perfil protector frente al riesgo cardiometabólico.

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